El parto de Empar en el Hospital de Barcelona

Eira nació el pasado 5 de mayo en el Hospital de Barcelona. Tras dos meses confinados me puse de parto el segundo día que pude dar los primeros pasos fuera de casa. Las últimas semanas habían sido especialmente duras. Las clases online de gimnasia preparto eran mi mejor aliado, pero mi cuerpo me pedía moverme más. Y fueron precisamente esos primeros paseos, en los que la mascarilla me ahogaba y las contracciones se intensificaban, los desencadenantes del parto.

Durante los 9 meses de embarazo todo fue según lo previsto. Sin duda se trataba de un embarazo ‘de manual’. Sin complicaciones, sin sorpresas, sin mucho malestar (a excepción de las náuseas, que se alargaron algo más del primer trimestre). No temía la opción de la cesárea, estaba abierta a todo, pero cuando me la plantearon en el hospital me sentí algo decepcionada. No había mucho que pensar: la pelvis parecía estrecha, la nena no bajaba por el canal de parto y al pujar las pulsaciones caían en picado. Desde que me lo comunicaron hasta que nació no pasó más de media hora, y fue todo tan rápido que necesité algunas semanas para asimilar cómo había sido mi parto.

Recuerdo especialmente un momento en el paritorio, cuando antes de que entrara mi marido me pusieron el termómetro en la frente. Protocolo Covid-19, sin duda. Y tenía fiebre. Recuerdo el silencio tras ese 37 y poco, las miradas entre ellos, el ‘pásame unas gafas de protección’…y el anestesista rompiendo el hielo: ‘hay más cosas que provocan décimas de fiebre, no solo la Covid’. Temí por un momento que todo parase, que mi parto se aparcara por unas décimas de fiebre, que también podían ser por los nervios, el estrés y las horas sin dormir ni comer. Pero todo siguió, y al final el termómetro estaba mal, y no yo.

Como decía, el parto fue rápido. Al oírla llorar me olvidé del agobio de la mascarilla, de la incomodidad de la posición, de la tela que me impedía ver cómo nacía mi hija…y me centré en su llanto y en la mirada de mi marido, tan llena de amor y de emoción. Nuestra hija acababa de nacer. Había llegado a un mundo que no esperábamos, que temíamos, rodeados de miedo, restricciones y aislamiento, pero había llegado cuando nosotros más la necesitábamos. Tuve a mi niña en brazos a los 17.50h del 5.05. Qué bonita coincidencia.

Un duro posparto

El postparto fue la parte más dura de todas. Durante el embarazo, mientras todas las otras futuras madres temían el parto, yo temía el postparto. Y fue peor de lo que me había imaginado. El dolor durante dos meses al inicio de la lactancia; la limitación de movimientos por la cesárea, las noches en vela, paseando a oscuras por casa; las mañanas con la sensación de no haber dormido ni un minuto; la soledad aún y estar acompañada por mi marido; el miedo a no saber cómo actuar; la nostalgia de la vida anterior, con tiempo para mí y sin pandemia; el aburrimiento, horas y horas con la nena encima dormida sin poderla dejar ni hacer nada más; el estar solos y aislados un día tras otro; el echar de menos a mi madre, a quien perdí hace 7 años, y que más necesitaba en ese momento.

El postparto me descolocó totalmente. En casa todo había cambiado, y yo también había cambiado. Y fuera no había ni un referente al que cogerme. Mascarillas, gel, distancia y aislamiento. Sin duda fue duro, pero a los 3 meses descubrí que todo empezaba a quedar atrás, que había más luz que al principio, que todo fluía mejor, que yo me sentía más yo, me reconocía en el papel de madre de Eira y ya éramos, sin duda, una pequeña familia de 3. Y ella empezó a sonreírnos, a sorprendernos, a llenarnos de orgullo y aquellos meses tan duros dieron paso a un amor imposible de describir con palabras. Un amor que no entiende de pandemias, de miedos ni de incertidumbre.

Empar